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"La Doris" **

Doris Gibson Parra. Inteligente. Apasionada. Elegante. Irónica. Mujer bella, comentada, codiciada y prohibida por la sociedad limeña de mediados del siglo que pasó, tiene 94 años. Hace seis que vive bajo los atentos cuidados de su hermana Charo en su departamento de Miraflores. Ya no se mueve de la cama ni visita la redacción de Caretas, revista que fundó hace más de 50 años. Los años se empecinan en arrebatarle lucidez, pero los recuerdos la retienen. Luis Alberto Sánchez ya había escrito de su perfecta figura y Sérvulo Gutiérrez la retrató desnuda más de una vez. Lo mejor y lo peor del Perú del siglo veinte acolchan su almohada, la arropan y duermen con ella. Arequipeña por adopción y periodista por instinto, Doris apela a la terquedad para no dejar ir su invaluable memoria.

Su cabello es níveo. Es parte del pacto que ella y el tiempo suscriben cada noche. No le gusta la sentencia de abuelita querendona. No teje, aunque lo hacía magníficamente en su juventud. Recibe masajes de una enfermera. Se queja. Discute. Pregunta que quién es, que quién llamó. Charo, su hermana 11 años menor, grita que un señor que quiere saber de su vida. Doris apaga la mirada y suelta la ráfaga de fotos en sepia. Son figuras en movimiento. Incluso suenan bien a pesar de lo transcurrido. Disfruta sin sonreír. Sólo ella las ve. Ése era el trato.

- Que no te me escapas ahora, Charito. Al baño.
- ¿Por qué yo?
- Mira nada más cómo traes las rodillas, todas llenas de tierra – decía Doris mientras sostenía una escobilla dispuesta a restregar y devolver la limpieza a las piernas de cada uno sus hermanos menores. Lo hacía con tanta dedicación que luego les era difícil caminar, pero igual la querían como nadie. Antes de mandar a sus hermanos al colegio les repasaba el peine y les rehacía los dobleces de las mangas. Era la mamá postiza. La de verdad vivía embelesada con los versos que recitaba Percy Gibson, notable poeta arequipeño y padre de la prole. Sus padres sólo tenían tiempo para amarse y Doris sabía que era consecuencia de ese idilio, creía que era parte de un poema de amor, por eso no le hizo ascos al encargo natural. Por el contrario. La casa bajo su cuidado respiraba un olor a cera y queque recién horneado.

Iba a nacer en un buque que llevaba a su madre del Callao a Mollendo, pero asaltada por los dolores del pre-parto, tuvo que ser llevada en tranvía hasta la Plaza Dos de Mayo, de allí a la periodística calle Orejuelas. Era un 28 de abril de 1910. Nació en Lima por error. A pesar del desliz, Doris Gibson Parra se sabe arequipeña. “A esa tierra le debe el ñeque y a la familia el temple”, decía su hermana Mercedes. Hasta su bisnieta le ha heredado el carácter: Cada vez que su nieta Drusila quiere despedirse de su hija con un beso, la niña de 6 años le reclama: “Ya mucho beso, mamá, no tengo por qué estarte dando tantos cuando tú quieras”. Es sangre Gibson, asegura la familia.

Su infancia transcurrió en Arequipa, donde se ganó el mote de la Doris, por su espíritu terco, de characata sin pasaporte. En una casa donde las veladas artísticas, que a veces se trasladaban a la campiña con un toque dadaísta, congregaban a notables personajes. Los Gibson Parra se sentaban alrededor de la mesa del comedor. Su padre iniciaba la conversación. Una vez Charo se atragantó con la chicha de maíz y empezó a escupirle en la cara al señor que hablaba a su costado. Era Jorge Basadre. Pudo ser Ciro Alegría o José Santos Chocano o Abraham Valdelomar, dependiendo. Se alternaban en el puesto. Contaban historias, discutían, hablaban del Perú, de Europa. Charo se repuso. Todos rieron por lo ocurrido.

A los 14 retornó a Lima en un barco alemán. Pero ya le había tirado un libro en la cabeza a una monja en los Sagrados Corazones. Era una chica flaquita que le gustaba caminar por Miraflores y que quería conjeturar todo. Conoció ese tiempo el amor platónico de un hombre mucho mayor: Un hombre guapísimo, con unas cejotas. “Yo pasaba por la Benavides y ese señor me esperaba”. Tres años después llegó Manlio Zileri, un joven diplomático de la embajada argentina que había llegado con su padre, que era cónsul en el Perú. Se casaron cuando ella tenía 19 y él 23, derrocharon cortes y quebradas oyendo a Carlos Gardel y se fueron a vivir a Chosica. Había que subir unas escaleritas para llegar al departamento chiquito y austero, pero decorado con buen gusto. Producto de ese tango nació Enrique Zileri, único hijo de esa unión que, al cabo de los años se fue derruyendo. Manlio murió siete años más tarde, de un paro cardíaco mientras estaba en un baño turco. Enrique no lo recuerda, era muy niño. Doris hizo ahora de padre postizo y bregó duro para darle lo mejor.

Bajo el auspicio de su tío Manuel Parra del Riego, ‘Manongo’, que era casi un confidente y apañador de todas sus locuras, sostuvo una relación apasionada con Sérvulo Gutiérrez, muy mal vista, para variar, por las viejas de detrás del balcón. Pero, como preconizaba y decía a voz en cuello, todas las grandes conquistas del hombre se han hecho en medio del escándalo. Y no le importó encarnar uno con el artista que tanto amó: “Era como un niño tierno. Y los niños necesitan protección, aunque a veces son capaces de destrozarte”. Ella era su musa. Su amante. Todos los cuadros terminaban siendo ella bajo su pincel; “hasta la Santa Rosa se parece a mí”. Le pintó, además, varios desnudos. Alguna vez botó uno por la ventana en un arranque de celos y del resto nunca supo, hasta que el ‘Chino’ Domínguez, fotógrafo de la revista, le avisó que había hallado un ejemplar en casa de un Fernando Hernández, en Trujillo. Voló hacia allá y entró a la casa.
- El señor Hernández no está – dijo el empleado mientras regaba.
- ¿Y no le dejó dicho que iba a venir? – preguntó Doris con un histrionismo natural mientras entraba a la casa y ubicaba el cuadro.
- El señor no dijo nada. ¿Por qué se lo lleva?
- Porque no puedo estar desnuda en casa ajena. Dígale eso.

***
Diciembre de 1968. La dictadura velasquista empezaba a encrudecer. Se escucharon fuertes golpes a la puerta. Un agente de la Policía de Investigaciones no dejaba de patear llamando al interior de la revista.
- Oiga, ¿no le da vergüenza a su edad andar dando puntapiés a la puerta? ¿Acaso no ve el timbre? Haga el favor de usarlo y entonces le abriré - le dijo Doris con voz serena y mirándolo a los ojos.

Había trabajado vendiendo publicidad en la revista “Turismo” y posteriormente en “Flora”, la publicación feminista de su hermana Mercedes; de pronto, lideraba la publicación política más importante del país. Casi por un golpe de suerte -y por suerte de un golpe- había coincidido con Francisco ‘Paco’ Igartua en el “Bar Zela”, uno de los Café-Boîte más concurridos por la bohemia limeña de los cuarentas. El general Odría acababa de clausurar “Oiga”, la revista que fundó Igartua unos años antes, y juntos decidieron iniciar la empresa con una máquina de escribir prestadita de su tío Manongo, 3 mil soles que consiguieron con favores y un ingenio lenguaraz como único capital. “Caretas” empezó a funcionar en 1950 en una oficinita de la Plaza San Martín. Los primeros artículos fueron ligados al tema social y cultural. Luego la cosa política arreció y corrió harta tinta con dedicatoria al gobierno de facto, como se haría costumbre.

Usaba sus excelentes relaciones para atraer publicidad. Sus labores eran, sobre todo, gerenciales, de ventas. Cuando Igartua fue deportado a Panamá, los militares creyeron que habían logrado deshacerse de la piedra en el zapato –o en la bota, claro-, pero al enterarse, Doris gritó por la ventana: ‘Ahora me pongo yo los pantaloncitos’ y se quedó a cargo de lo periodístico también. Bajaba en bata desde el octavo piso donde vivía, hasta el segundo, donde funcionaba la publicación, preocupadísima por la carátula. Que todo salga perfecto. Que esto aquí y esta letra allá. Un poquito más grande. ¡Pero más rápido que nos viene el cierre! A pesar del carácter recio, recibía llamadas en la madrugada de alguno de sus empleados pidiéndole ayuda para la enfermedad de un familiar o quizá un favor urgente. Ella los resolvía sin aspavientos ni demoras.

Con la deportación de Enrique Zileri a Buenos Aires, en 1975, decidió cerrar temporalmente la revista. Durante ese episodio, convocó conferencias de prensa en las que exhortaba a sus colegas a unirse en contra de los abusos. Se encuentran, también, incisivos artículos suyos de protesta e incluso una crónica donde detallaba la captura y secuestro de su hijo en la entrada de su domicilio. Fundó, de paso, la publicación transitoria “Espejo”, para no dejar sin trabajo a sus periodistas. Siete veces, entre clausuras arbitrarias y deportaciones, dieron cuenta de su carácter inquebrantable. A prueba de matonerías. Indiferente a medallas y discursos. Inmune a dictaduras despiadadas e ignorantes, como la de Velasco, “la más terrible de todas”. Siguió al pie de la redacción. Terca como ella sola.

***
- Que las arvejas estén más cocidas, Victoria – murmuró Doris en el umbral de la puerta
- Se cuecen solas con el caldo caliente, señora.
- No me parece, pues.
- A mí tampoco, señora.

Con las manos a la cintura, Doris disponía cómo le van mejor las arvejas al ‘arroz a la valenciana’. Victoria, la cocinera, discute y reclama. Siempre rodeada de gente de carácter. Lo de siempre, igual el arroz salió riquísimo, Doris, halagaba Héctor Cornejo Chávez o Fernando Belaúnde o Luis Bedoya Reyes o Enrique Chirinos Soto, dependiendo. No se le ocurrió mejor idea que recrear, al mejor estilo de su infancia en Arequipa y en un anticipo brillante de Mirtha Legrand, tertulias variopintas e interminables. Los lunes eran los líderes políticos los que divagaban, con el corazón contento, de las últimas leyes. El resto de la semana podían ser Susy Dyson, Chabuca Granda o sus amiguísimas Mocha Graña, Carmencita Pizzarro y Viruca Miró Quesada o un peluquero gay que recién había conocido. Cuando iban los Santa Cruz, encabezados por Victoria, la cosa iba para largo y terminaba con marinera sin zapatos y jarana madruguera. Reunir nombres era, más que un pasatiempo inocuo, una necesidad. El Perú se discutía en casa de Doris Gibson con un tenedor y un cuchillo.

A ella no le interesaba saber que era la mujer más bella de Lima. Pero lo sabía. Ni que detenía el tránsito cuando pasaba. Ni que recibía a su paso unos piropos que para qué te cuento. Ni ser la comidilla de la pacata aristocracia limeña venida a menos, de apellidos compuestos y con puesto por el apellido en alguna compañía familiar. Doris era la fruta prohibida: Piernas moldeadas, cuerpo perfecto, viajes a Europa, bohemia, periodista. Hacía lo que quería. Era libre. Terca. Rebelde.

***
Esquina de la avenida Pardo y la calle Independencia. Piso 18. Doris está echada en la cama. Ya no puede estar en pie, ni ir a la redacción de la revista, como hasta hace unos años. Tiene 94 años. Discute todo el santo día con ese mal de apellido alemán que le quiere arrebatar sus recuerdos. Da de gritos a los años que le pretenden arrancar su más preciada belleza. Que no te los llevas. Que sí. Que no, que se quedan conmigo. Entonces, los tres deciden hacer un trato. Un pacto con palabra de characata. Llévense lo que la naturaleza tenga que quitarme, pero me dejan la rebeldía, que con eso me voy. Una vez más, tienta al tiempo, lo convence. Mira si no es terca la Doris.

** Tuve oportunidad de entrevistar a Doris 2 veces y a su hermana Charo en los años 2001 y leugo en el 2004. Esta crónica recobra actualidad luego del fallecimiento de Doris y es un pequeño homenaje que hago desde esta muy humilde tribuna.

Érase una voz

El mundo de los invidentes es otro después de Jaws, el programa de computadora que les permite zambullirse en el mundo de la computación e incluso acceder a Internet como cualquier persona. Angie Marín y un grupo de amigos decidieron traer al Perú este recurso y fundar un proyecto integral de capacitación para gente como ellos, que buscan un futuro más justo y menos discriminante. En su segundo año de funcionamiento, el primer Ciber Café para ciegos se viene convirtiendo en una singular experiencia.

Angie Marín se enteró de un programa informático mediante el cual podía utilizar la computadora sin las limitaciones propias de quien no puede ver. Se lo presentó un amigo también invidente y ella, de inmediato, imaginó que eso podría representar un cambio radical en el estilo de vida de los ciegos peruanos. Con ese software podía, incluso, entrar a Internet, un mundo desconocido del que sólo había escuchado inquietantes referencias.

Sus primeras exploraciones en el ciberespacio las hizo desde un servidor dotado de este software en la Biblioteca Municipal de San Borja, distrito donde ella vive. Prendía el CPU de la computadora por sus propios medios y una voz seca la iba guiando por esa galaxia de cosas nuevas e intangibles. Entraba a la página web El Comercio, a buscar noticias, a revisar su correo. El inicio fue frustrante, era demasiado complicado. Imagine ahora estar frente al monitor, no poder verlo y que una voz molesta le lea absolutamente todo el contenido de la pantalla (incluyendo continuos “espacio en blanco”, “gráfico ininteligible”, cuando no haya texto). Con las semanas aprendió a lidiar con su ansiedad y ahora esa voz mecánica le suena casi a susurro vital y tierno del que dependen, como ella, más de medio millón de ciegos peruanos.

Y se hizo la voz

El mito de la creación: Dios dice “hágase la luz en las tinieblas”, y así se hace. 1987 años más tarde, Tod Henter, un ingeniero estadounidense que perdió la vista en un accidente automovilístico casi diez años antes, quiso reeditar la creación, pero ahora a través de un programa que permita a personas con su discapacidad explotar las maravillas de la informática. Así pues, luego de trabajar algunos años en ese proyecto, dijo un día “hágase la voz en las tinieblas”, y nació Jaws, el software que lee la información que aparece en las pantallas de cualquier computadora, como se describe en la página electrónica de Freedom Scientific, la compañía hacedora de este producto, cuyo costo es de casi mil dólares.

A pesar de nacer ciega, Angie demuestra más visión que cualquiera que sí goce de esa aptitud. Estudió la secundaria en el colegio “Héctor de Cárdenas”, un centro de estudios regular no especializado en alumnos con discapacidad. No obstante, estar en igualdad de condiciones con gente sin ningún impedimento físico le permitió hacerse de una personalidad envidiable. Participaba de los concursos de música tocando el piano y se graduó en 1993 sin ningún problema. Antes de que Angie pueda descubrirlo, pasó sus años universitarios en la Ricardo Palma como alumna de Traducción, mandando a tipear sus trabajos y luego, cuando llegó la computadora a su casa, tanteando el teclado y pidiendo luego que alguien corrija sus textos. “Era muy complicado y limitante”.

En el 2002, fue becaria de una institución japonesa para llevar en ese país asiático el curso “Liderazgo para personas con discapacidad”. El proceso de selección requería de un joven peruano que destaque por sus aportes a la comunidad y ella resultó ganadora; “imagínate, pues”, dice sonriendo. Y siguieron los reconocimientos en paralelo al rubor que sigue dibujando en su cara, incapaz de ocultar una envidiable e inmensa satisfacción. Hace poco recibió la llamada del sociólogo Sandro Venturo: Le dijo que había sido elegida con otros 11 jóvenes peruanos destacados para hacer un reportaje sobre sus logros en una serie que iba a lanzar el Consejo Nacional de la Juventud. Mientras se emitía el reportaje por la tele, el 23 de setiembre de este año Angie era distinguida en el Congreso de la República con el premio “Juventud Líder”, creado por la Comsión de Deporte y Juventud para resaltar la labor de jóvenes promisorios en distintos campos. Angie subió al estrado impecablemente vestida y acompañada, otra vez, del clásico rubor en las mejillas y el orgullo irreprochable de sus padres, aplaudiéndola desde las galerías de la sede del hemiciclo Porras Barrenechea. Ahora acude tres veces por semana al Ciber Café compartiendo su tiempo de profesora en el Centro de Rehabilitación del Ciego Limitado (CERCIL).

Esa inquietud de hacer algo por alguien la llevó hace dos años a contactarse con Beatriz Correa y Lucio Suárez, amigos de algún tiempo atrás, para presentar juntos un proyecto al Banco Mundial que les permita esparcir entre sus pares los conocimientos que habían adquirido, sin que esto les implique tener que costear por cuenta propia los caros programas. Así fue que ganaron financiación por un año para llevar a cabo el primer Ciber Café para invidentes del Perú, que inicialmente se orientaba sólo a jóvenes, por exigencias del concurso ganado, pero la expectativa del público de otras edades rebasó todos los cálculos. El saldo fue de 212 personas capacitadas por ellos tres, en varios cursos que duran 12 sesiones de dos horas cada una y que van desde “Introducción a la computación” hasta otros más avanzados como “Excel”. “El 90% de las personas que llegaban a nosotros nunca habían estado frente a una computadora”, comenta Lucio.

Reiniciando el Sistema

Acabada la primera etapa, Intel, la compañía fabricante de microchips y procesadores, los contactó de inmediato, interesada en auspiciar una segunda fase. La casa que les han proporcionado queda a poca distancia de donde operó la primera experiencia. Pasa desapercibida por la calle Fray Luis de León donde se ubica, en el tranquilo distrito de San Borja. No hay afuera ninguna señal que informe del lugar. Sólo se llega por referencias.

Al ingresar, un espacioso e iluminado recibo, decorado con pancartas de la empresa auspiciadora, distribuye los ambientes. Al lado izquierdo está lo que podría ser la “oficina” y, subiendo las escaleras, algunos cuartos con computadoras. En uno de ellos está Sheyla, sola frente a un monitor apagado. La habitación es pequeña y sólo una ventana minúscula permite ingresar un halo de luz. Las cortinas permanecen cerradas todo el día. Un parlante negro encima del módulo de computación empieza a dictar con rapidez una serie de comandos: “Blanco, descargar archivo, blanco, algunos archivos pueden dañar su equipo, blanco, blanco, botón de activar, descargar archivo adjunto, tiene un nuevo mensaje en su bandeja de entrada: Asunto, dos puntos, celular”. Sheyla sonríe. El parlante sigue a ritmo apurado con una voz densa y metálica: “Te mando mi nuevo número de celular”.

Llega al salón Angie con una sonrisa. Vestida de color café y acompañada de Jacky, otra alumna que ya goza de algunos conocimientos de Internet y que está dispuesta a mostrar los beneficios del “Home Page Reader”, un programa análogo al Jaws, de menor precio (alrededor de 250 dólares) y más amigable formato, pero hecho exclusivamente para Internet. “La diferencia –explica sentada frente al monitor sin encender- es que hay distintas voces: una aguda para los enlaces, otra más grave para el texto solo y así por el estilo”. Digita en el buscador las palabras “Perú” y “culturas” y se dispone a escuchar una descripción sobre los Mochica. Angie, en una silla contigua, sonríe y asiente mientras también asiste al recorrido virtual que el narrador convoca.

Lucio, vinculado al tema tecnológico desde 1996 y con capacitaciones en el extranjero, pide a Jacky bajar a la “oficina” para empezar con el curso. “Ahora estoy aprendiendo a usar Internet por medio del Jaws”. Tiene 22 años y también se prepara en el INICTEL, en un curso de teleoperadora que, complementado a los conocimientos de Internet y computación que viene adquiriendo, harán de ella una trabajadora muy competente. “También quiero aprender inglés”. Demuestra inmensas ganas por conocer de todo y esa inmensa sonrisa que es parte natural de su rostro.

Se instala en la computadora del primer piso luego de tomar su pastilla de las cuatro en punto. Se la nota emocionada. Lucio, su profesor, advierte que ésta será una clase informal: “Aquí no hay pizarra”. Ambos sonríen, aunque ella nunca dejó de hacerlo, valgan verdades. “Quiero que empieces desde el principio -le pide Lucio- recorre y reconoce la información que ofrece esa página”. Le va dictando, en paralelo, una serie de comandos para facilitar ciertas funciones del programa. Jacky, sin que pase un segundo, coge su pequeña grabadora negra y repite con seriedad inusitada lo que acaba de escuchar. El profesor asiente luego de cada repetición. Suena el teléfono, una profesora de una niña invidente pide información sobre los programas. “Aquí no los vendemos, pero le puedo ofrecer el contacto”, contesta Lucio con amabilidad mientras Jacky mueve las manos con impaciencia sobre el teclado. Está esperando más instrucciones para grabarlas en el cassette que luego escuchará y estudiará hasta aprender de memoria. Lucio, de camisa granate y pantalón y zapatos marrones, le pide que realice algunas acciones a modo de ejercicio y Jacky las cumple a pie juntillas presionando directamente y con alucinante seguridad las teclas que corresponden. No se equivoca. Sigue sonriendo.

“Ahora la idea es generar proyectos que involucren el uso de las computadoras y que tengan una aplicación concreta en un negocio que les pueda redituar la inversión que hacen para capacitarse”, inquiere Lucio, mientras comenta del último libro que está leyendo: “El Código da Vinci”, de Dan Brown. A propósito, también Angie nos ha comentado de una biblioteca virtual argentina que permite leer ciertos volúmenes clásicos con sólo inscribirse. Jacky escucha la conversación desde su posición y piensa ansiosa que pronto podrá también leer esas novelas de que tanto oyó mentar. Vuelve a sonar el teléfono, Lucio comenta con una amiga que ya recibió el correo que esperaba, “estaba entre el montón de correo basura: esos reenvíos que dicen ‘importante’ y no sirven para nada”, concluye dibujando un gesto de fastidio. “Hay una creencia de que los discapacitados debemos vivir de la subvención, lo que nosotros queremos es que las empresas se den cuenta de que aquí hay personas capacitadas que pueden desempeñar trabajos eficientemente”.

Aunque la afluencia del público ha bajado en relación a la primera etapa, ellos confían en revertir esta situación publicitando más el proyecto, “incluso vamos a ofrecer servicios de masajes, porque este local es amplio y puede servir para más cosas”, cuenta Angie parada sobre la espaciosa e iluminada sala donde penden de un armazón metálico dos letreros que dicen “Discapacidad y Competitividad”.

Son las cinco en punto y suena el timbre. Han venido a recoger a Sheyla, que se resigna a apagar la máquina luego de haberse comunicado, por casi una hora, con sus amigos a través del messenger. Angie y Lucio se despiden con la convicción de que lo que hacen va dando frutos. Suena la musiquita de despedida: “Ahora puede apagar el ordenador”, dice esa voz seca y mecánica, que de pronto se convierte en ese susurro que los ciegos esperan seguir escuchando.

Entre dichos y trechos

Que los peruanos poseemos las peores estadísticas de accidentes de tránsito del orbe, es cierto. Que el año pasado hubo 11.000 muertos en las carreteras peruanas, también. Que se produjeron en ese mismo período 75.000 accidentes y, según el Ministerio de Transportes el 69% de ellos los provocó el transporte público urbano, no hay duda. Pero que nuestros vehículos son lo más complejos y pintorescos del mundo, tampoco.“Incluso, antes de fundada, Lima nació combi”, advierte Eloy Jáurequi parafraseando a Porras Barrenechea. Y razón le sobra. Combi es, pues, “la camioneta rural con ética asiática que conquistó el Perú antes que Fujimori, es el vehículo social de deslizamiento paulatino”[1]. Los limeños nos hacemos más limeños a bordo de estos carritos de segunda mano. Nos nutre su lenguaje, su música y su color.

Desde el recordado “Trampolín a la fama” de Augusto Ferrando, no ha habido, con excepción, claro, de los viaje en combi, mejor oportunidad para los limeños de todas las condiciones y estratos de acercarnos al lenguaje popular. Las combis representan, más que espacios de transporte utilitarios, crisoles léxicos maravillosos. Embarcarse en uno de estos vehículos no sólo es subir al medio que nos conducirá al lugar de destino, sino sumergirnos, además, en un espacio simbiótico donde, desde el estibador del mercado de Surquillo hasta la señora con peinado Tommy’s que regresa de comprar en Wong, deben pronunciar el célebre “bajan semáforo” para descender en el lugar deseado. ¿Hay acaso algo más democrático?

- Pague con sencillo pe’, varón – nos reclamó con justicia el cobrador de la “S”.
- No tengo, pues, chochera. Ah, y cóbrate medio pasaje.
- Ta’ que así no juega Perú.
- ...
- Tío, sencíllame este ferro –dijo con cara de no haber tenido nunca un amigo, extendiéndole al chofer la moneda que le habíamos alcanzado.

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Eva fue "la otra"


Si la primera mujer fue hecha de polvo, debió, entonces, ser un semejante a Adán; en cambio, si los materiales que se utilizaron fueron “inmundicia y sedimento” o “una costilla”, la cosa cambia. La controversia en torno al primer concubinato conocido de la humanidad, revela un conflicto en relación al poder que marcaría la historia. ¿Qué pasaría si llega Dios un día, con una foto en sepia de una tal Lilith, y nos dice: “hijos, olviden a Eva; he aquí a su verdadera madre”?

“...¿Quién fue la primera mujer
que independiente en su forma de ser
no se dejó gobernar?”
“Lilith”, del cantautor Pedro Guerra


Hay cosas en el Génesis que no cuadran. Una contradicción advierte interpretaciones diversas, entre ellas la de Lilith, que, según consta en la literatura hebrea, fue la mujer que precedió a Eva en el Edén y luego fue expulsada por razones estrictamente carnales de que daremos cuenta luego.

Génesis I:27: "Y Elohim creó a Adán en Su imagen, en la imagen de Dios Él lo creó; hombre y mujer los creó", mientras que en el capítulo segundo, versículos 18-22, se entiende: "Y Yahvé dijo, 'No es bueno para Adán estar solo. Haré un ayudante para él.'...Y Yahvé convirtió una costilla que había tomado del hombre en una mujer para él". La Iglesia ha manifestado que el desfase se debe a que ambos capítulos provienen de fuentes distintas: la primera data del año 700 A.C. y pertenece a narraciones hebreas, mientras que la segunda, más reciente, responde a una historia sumeria. La interpretación cabalística de esto es que se trata de dos mujeres distintas: Lilith la una y Eva la otra, famosa ésta por la manzana. Incluso muchos interpretaron que Adán fue andrógino (como representación carnal del ser humano: “hombre y mujer los creó”) y que luego Dios separó de él a la mujer, no siendo otra que Lilith.

Adán, según escribió Mark Twain (“El diario de Adán y Eva”. Buenos Aires, 1999), consideraba a Eva una muchacha rara, “todo le asombra”, y recordaba con inusual fulgor la vez que quiso domesticar a un brontosaurio. “Esta nueva criatura (la cursiva es mía, para reparar en el adjetivo), de cabellos largos, es bastante molesta. La encuentro por todas partes y me sigue siempre. Detesto que haga eso. (...) Quiero echarla del Jardín del Edén. (...) Mi existencia ya no es tan feliz como lo era en el pasado”. Esta última frase es una seña para inducir que no era precisamente todo un lecho de rosas entre estos inquilinos del Paraíso. Adán, aún resignándose a amar a Eva al cabo de unos días, hacía notar su melancolía por esos tiempos idos.

Lilith era de genio recio y duro. No aguantaba pulgas. Así la pinta la bibliografía medieval que se encargó de enaltecerla y mitificarla. La condición del origen estaba develada por esa característica que luego la Biblia olvida (o el Clero borra, en todo caso): la igualdad de género. Pues que Eva –la otra- fue hecha de la costilla de Adán, no hay duda (a excepción de Adán, claro, que escrutando su anatomía acusaba estar completito y sin ninguna costilla de menos, según Twain). Pero Lilith, en cambio, nació del mismo modo que su compañero, aunque no está claro si también se usó para crearla polvo puro o sedimento e inmundicia, como refiere el mitólogo Robert Graves (“Los mitos hebreos”. Alianza Editorial. Madrid, 1986.). Eso, de algún modo, la dotó de tal carácter, que junto con el tema del polvo puro, valga la vulgar metáfora, impidieron una relación duradera. Todo estaba de su lado, pero no contaban con la astucia de que cuando las hormonas arrecian, no hay paliativo que valga (recordemos que Onán no había nacido aún). Y allí empezó el drama, porque con aquello de la igualdad, ni siquiera en la cama Lilith entraba en vainas.

Era cuestión de acomodarse

Todo fue por culpa de la pose sexual. Lilith no creía en eso de que tanto gozan los de arriba como lo abajo del placer carnal. Ella prefería la cuestión igualitaria de la que hablan en las conferencias feministas Y así, le exigió a Adán ser ella quien, desde arriba, domine las riendas de la relación sexual. Estar siempre debajo le parecía una postura ofensiva: “¿Por qué he de recostarme debajo de ti? – preguntaba- Yo también fui hecha de polvo y, por consiguiente, soy tu igual” (Graves, ídem.). El macho, premunido de todas las prerrogativas que constan en el Génesis, se rehusó a tal petición y consideró que ello era causal de divorcio. Ni más ni menos. La acusó entonces con Elohím -alias de Dios- y éste le valió el “hábeas corpus” que interpuso harto de esos líos amatorios. Adán empezó a extrañarla, según cuentan los textos, pero la suerte estaba echada (como nunca quiso estar Lilith cuando hacían el amor).

No obstante, Lilith era mujer astuta -valga el pleonasmo- y regresó hecha una serpiente, tal como consta en uno de los frescos de la Creación en la Capilla Sixtina, a tentar a Eva, seguramente en venganza. Arrastrándose cerca de las ramas del árbol prohibido, la convenció de comer fruta -“porque no engorda”, quizá le dijo-. Luego de morder la manzana, Adán pidió de inmediato a su mujer que se ponga más hojas en el cuerpo para evitar “ese penoso espectáculo de desnudez” (Twain, p. 98. ídem.). Allí se pudrió todo, manzana incluida. La prueba del delito la da Miguel Angel Buonarotti, que tuvo acceso a los Evangelios oficiales (no a los “corregidos y aumentados” que se leen en la Misa) y recreó la escena pintando a Lilith mitad fémina mitad reptante, para beneplácito del Sumo Pontífice que lo contrató para ilustrar la historia divina en el techo de su casa.

En Isaías 34:14, en la mismísima Biblia, hay también huella de su existencia. Allí se lee cómo Dios mata a todos los habitantes de Edom, lugar poblado por enemigos acérrimos de los judíos, quedando como dueños de ese predio las bestias: Buitres, serpientes y, ¡evohe!, Lilith: “También allí Lilith descansará y hallará para sí lugar de reposo”. Desde luego, se ha evitado toda referencia a esta mujer como figura precedente de Eva, traduciendo, antojadizamente su nombre por el de “lechuza” o “búho chirriante” (¡qué ganas la de animalizar a este personaje ilustre!).

De Reina del Mediodía a Reina de los Súcubos


Lilith fue más de lo que Adán imaginó. No dispuesta a la sumisión, incluso, sedujo al mismísimo Dios para salir del Paraíso, consiguiendo que éste le revele su nombre. Tal y como narra el mito, cualquier ser, al pronunciarlo, sería ipso facto expulsado. Elohím sucumbió a sus formas femeninas y, entonces, pasó lo obvio. Adán ante esto, le reclamó a su Padre pidiendo justicia (o venganza, que para este caso es lo mismo). Dios envió enseguida tres ángeles a buscarla, pero ella se negó rotundamente al escuchar de ellos, que al volver, Dios le había preparado una penitencia: cuidar a todos los bebés recién nacidos. Ante eso de cambiar pañales y noches en vela, muchos mitos coinciden en que la indómita mujer prefirió sentar residencia en las cuevas del Mar Rojo, donde hasta hoy habita haciéndose amante de cuanto demonio aparezca por aquellos lares y procreando con ellos muchos “lilim” (demonios bebés). Dios siempre tiene la última palabra, y ante el lloriqueo de Adán, le dijo a la condenada: “pues está bien, quédate si así quieres, pero perderás un centenar de tus demonios a diario”. En cuanto al hijo insatisfecho, Papá prometió crearle, ahora así, un buen partido. Y así nació la Eva que todos conocemos.

Antes de aprender a usar la lavadora, Lilith prefirió la independencia. Y el precio que pagó fue ser bautizada la “Reina de los Súcubos”, demonios femeninos. Desde entonces la historia la ha tornado en monstruos presentes en la mitología clásica (Lamia, diosa de la brujería; las harpías y las estriges, también macabras visitantes nocturnas; las harpías, ayudantes de las erinias o furias; las moiras o parcas, las grayas y las gorgonas, siniestras ancianas habitantes de los infiernos; incluso en Fausto, de Goethe, Lilith es mencionada). Hasta corrieron voces –o por qué no, susurros eclesiales- acusándola de perversa ninfómana, que seduce a los hombres con maestría para estrangularlos después.

Lilith, casi heroína de la femineidad universal devino, de pronto –y por obra y gracia de algún Espíritu Santo- en la personificación de la maldad. Y todo porque era, seguramente, revolucionaria y comunista, perseguidora de una igualdad que ni en el Paraíso se toleraba.
Fue la primera mujer, lejos de cualquier interpretación antojadiza. ¿Y qué tal si hubiera sido ella y no Eva la madre de la humanidad? Flora Tristán hubiera pagado por ver. La historia oficial aparta a Lilith de sus páginas y lo más probable es que todo sea fruto –prohibido- de la envidia. Tremenda personalidad, tuvo la pobre, con pecado concebida. ¡Hijos, he aquí a su verdadera madre!

Ethos Superstar

“Política, Corrupción y Gobernabilidad”. Discutir sobre estos tópicos es tarea delicada, más aún pontificar sobre ellos por eso de que ‘nadie está libre de pecado’ (ni tira primeras piedras), y mucho menos ‘mira la viga en el ojo ajeno’ (por miedo a encontrar un tronco en el propio). La Facultad de Comunicación de la Universidad de Lima convocó, en el marco del XXV Encuentro Peruano de Facultades de Comunicación Social, a reconocidos (y un no tan conocido) ponentes para tratar el picante tema. Repasemos el detrás (delante y costado) de cámaras en esta crónica.

El backstage: ¿Fernando Rospigliosi o David Bisbal?

La segunda mesa redonda del segundo día del Seminario Internacional "La Lucha contra la Corrupción: Ética Periodística, democracia y Gobernabilidad", fue, sin querer queriendo, casi una edición del famoso reality “Superstar”. Un auditorio abarrotado de jovencitas fanáticas no por David Bisbal sino por Fernando Rospigliosi, marcaron el ritmo de un intenso show -perdón, debate académico, quise decir-.

A su llegada, Rosa María Palacios, algo agitada por el trajín, era recibida por la eventual anfitriona, María Teresa Quiroz, quien la condujo hacia el salón VIP, donde el ex procurador José Ugaz y el profesor boliviano Carlos Camacho esperaban el tercer timbre para salir a escena. En la salita –la VIP, no en otra- la doctora Palacios, acomodándose el peinado con la mano, corregía un dato de su currículo: "Yo soy abogada de profesión, pero periodista de ejercicio (sic.), que eso quede claro".

Más flashes para el ex ministro Rospigliosi, con sonrisa de oreja a oreja. Fotos en grupo con cámara descartable con las universitarias de la UPAO. También con miembros de seguridad del evento. José Ugaz miraba de reojo, extrañado –o quizá estreñido, porque el gesto no era claro-.

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SECRETOS EN REUNIÓN. Fernando Rospigliosi y Rosa María Palacios se cuchichean algo al oído mientras que José Ugaz reflexiona sobre el grado de corrupción al que hemos llegado en el país.